LA IRRESISTIBLE TENTACIÓN DE LOS DULCES
En los estudios de cocina que vengo realizando fuera de territorio español, me ha tocado convertirme, sin proponérmelo, en un conocedor de la repostería típica peruana. No es que me esté quejando, pero mi objetivo inicial no fueron los postres sino los platos de fondo. Sin embargo uno de los cursos más celebrados por estas tierras y con mayor extensión también son los correspondientes a la repostería. En tal sentido tuve que hacerme a la idea de pasar largo tiempo conviviendo con los hornos. Para mí resultó un cierto sacrifico pues no soy muy aficionado a los dulces, aunque ahora debería escribir utilizando el tiempo pasado ya que con los dulces típicos de Perú uno no puede hacer más que rendirse.
Es a partir de la segunda mitad del primer año de la carrera que nos empiezan a enseñar todos los secretos referentes a los dulces que adornan la cocina peruana. El primer acercamiento lo había tenido en una tarde que recién habíamos llegado a este país junto con mi pareja. Recuerdo que paseaba junto a mi mujer por el malecón del distrito de Miraflores, por un conocido centro comercial, nos detuvimos un instante a contemplar la playa desde el magnífico mirador que se encuentra en medio de un hermoso jardín adornado con una pileta central y nos preguntamos qué tal nos iría en nuestra aventura culinaria por Sudamérica y qué nos depararía el destino, nos quedaríamos allí o probablemente retornaríamos a Europa. En esos pensamientos nos dio la noche y decidimos emprender la marcha a pie hacia nuestro hotel que no nos distaba más de veinte minutos. Así caminamos y doblamos la esquina para ingresar a la avenida que nos llevaría directo hasta nuestro hospedaje cuando de pronto vimos una carretilla blanca sobre la que una serie de personas se agolpaban desordenadamente. En la escena se confundían vigilantes, niños y hombres de saco y corbata, nos extrañó y decidimos detenernos unos instantes a ver qué acontecía. Conforme nos íbamos acercando, notamos que la gente se retiraba de la carretilla con algo entre las manos, al parecer vendían unos bocadillos al paso.
Ya cuando estábamos a unos pasos de la carretilla el olor de los contenidos nos envolvió, era un aroma que traía diversas frecuencias, dulces y saladas si cabe el término, los bocadillos estaban tan frescos que las vitrinas de la carretilla estaban empañadas aún que la tapa superior estuviese abierta. No lo pensamos dos veces y nos acercamos a probar algunos, el precio era muy bajo tendiendo en cuenta las delicias que nos esperaban, por el precio de un euro pudimos disfrutar de 4 de estos bocadillos que no eran tan pequeños, en promedio diríamos que eran del tamaño de un puño y más. Decidimos con mi novia probar uno dulce y uno salado cada uno empezando por el bocado salado, yo opté por una empanada que estaba rellena con queso y jamón, la cual era acompañada con zumo de limón, excelente combinación junto con la masa. Mi mujer por su parte solicitó un enrollado que contenía una salchicha en su interior, también de gran exquisitez. Pero lo mejor vino en seguida cuando nos tocó probar los dulces. Mi mujer ordenó un budín que era una masa hecha a base de los “restos” de la panadería, recubiertos con una capa de caramelo en su punto y relleno de pasas y frutas confitadas, poco me faltó para arrebatárselo a mi mujer, sin embargo me contuve y tranquilo esperé mi turno. Lo que me sirvieron fue una exquisita empanada rellena esta vez de puré de manzana, la masa estaba espolvoreada con azúcar en polvo y era de textura muy suave y servida a temperatura media, realmente delicioso. Francamente provocaba repetir pero tampoco queríamos engordar, aunque con el tiempo eso fue inevitable.